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22 de julio de 2008

Crónicas de Anima : La otra lucha

Dolor. Un punzante e insufrible dolor. Su parte racional ya no luchaba. Se había rendido, fruto de la desesperación y la impotencia. Su bestia interior siempre ganaba. Siempre era más fuerte que él. Siempre. Ahora predominaba la idea de sobrevivir. Reaccionar antes las agresiones externas. Supervivencia. Puro instinto. Matar. Un dolor insoportable. Ira. Odio. Dolor. Matar. La bala de plata lo estaba consumiendo por dentro. Pero no lo sabía. Sólo veía a una criatura frente a él. Matar. Pero no podía cogerlo y despedazarlo. ¡Maldita sea! Tiró con todas sus fuerzas. Quería matar. Matar. Sus brazos se hincharon de modo inhumano, quedando marcadas multitud de venas, visibles a simple vista pese al poblado pelaje que las cubrían. Las vigas chirriaron. Matar. Y, por fin, la libertad. Una de las cadenas que sujetaban su brazo derecho se soltaron, y gran parte de la estructura del molino empezó a ceder. Su mano derecha se movió, frenética, sin que el dueño de la articulación fuera consciente de que la cadena se había roto. Seguía sujeta a la rueda del molino, que ahora describía un arco… directo hacia Caín.

10 de julio de 2008

Cronicas de Anima : Jeremy

Abrió la puerta lentamente, y esta chirrió sonoramente. Caín se asomo, vigilante. Lo que vio cuando abrió la puerta del todo, y la débil luminosidad nocturna penetró en la estancia, lo dejó sin aliento. Una masa enorme de carne, músculo y pelo se hallaba frente a él. Su cara debía de tener una longitud similar a la de su brazo, y mostraba unos dientes largos y afilados. Al verle, el hombre lobo corrió hacia él. Cuando estaba a punto de alcanzarlo, las cadenas dieron de si, quedando las fauces de la bestia a dos palmos escasos de la cara del atónito oriental. El que una vez fue Jeremy, rugió.

Al oír el rugido, Dinin rompió el ventanal con la culata del trabuco y penetró en el segundo piso. La madera chirrió mientras andaba sobre ella. Avanzó, trabuco en mano, para adquirir mejor visibilidad. Se acomodó el arma, y apuntó, esperando tener un buen ángulo para dispararle.

Caín se recuperó de la conmoción que supuso encontrarse con aquella bestia. Concentró toda su fuerza en una única patada. Alzó la pierna, y, una vez que ésta se encontraba por encima de su cabeza, la movió velozmente, hasta estrellarse contra las fauces del monstruo. Ésta se giró violentamente, y una masa de sangre y dientes se estampó contra la pared interior del molino. En ese momento, Dinin disparó. El sonido de la explosión precedió a la salida de la esfera de plata que conformaba la bala, que se introdujo en el cuerpo del licántropo.

7 de julio de 2008

Crónicas de Anima : El viejo molino

El viejo molino se encontraba alejado del pueblo, al lado de un pequeño río. Estaba construido de madera, al igual que su rueda, que giraba lentamente aquella noche. Pese a su mayoritaria estructura de madera, el mecanismo que permitía la molino hacer su función estaba construido de metal. Su color, antes de un rojo vivo, se encontraba desgastado. Tendría un par de pisos, y en la parte de atrás, una ventana circular que permitía penetrar la blanquecina luz que proyectaba la luna llena.

Dinin y Caín llegaron andando y en silencio. Llevaban ya un tiempo oyendo un movimiento metálico, que iba ganando intensidad conforme se acercaban al molino. “Un sonido similar al tintineo de las monedas que cobraré esta noche”, pensó Dinin.

Cuando faltaban escasos metros para llegar, Dinin se detuvo. Sacó su trabuco, y, de una pequeña bolsa, sacó una esfera de metal: una bala de plata. Eran extremadamente caras, pero no esperaba arriesgarse. No con un hombre lobo.

- Caín, tú entra por la puerta principal –dijo en voz alta. Al terminar la frase, el sonido de las cadenas aumentó, volviéndose frenético.
- Deberías haber bajado la voz.
- Probablemente nos haya olido desde que hemos salido del Ayuntamiento.

Dinin había terminado de cargar su arma, y cerró el cañón, alineándose con la culata, oyéndose el característico sonido que indicaba que el arma estaba lista. En ese momento, pudieron oír con claridad los gruñidos de la bestia, y como una parte racional intentaba abrirse paso, quedando una mezcla entre lo que aparentaba ser los gritos desesperados de un maníaco que es consciente de su pérdida de cordura y los ladridos de un perro rabioso. Dinin se encaminó hacia la parte posterior del molino, mientras Caín se dirigía hacia la puerta principal. Respiró profundamente, y, en dos zancadas sobre la pared, se agarró en el alféizar del ventanal, que se hallaba sobre unos ocho metros del suelo. Este ejercicio era ya algo muy interiorizado y automático para él. Maravillas del ki.

Cogió impulso en el alféizar y miró por el ventanal. La luz de la luna iluminaba débilmente el interior del molino. Una plataforma constituía el segundo piso, y, debajo de él, veía las cadenas, moviéndose de un lado para otro. Dinin sacó el trabuco, sosteniéndolo con una mano, mientras con la otra continuaba sujetado al alféizar, y aguardó a que su aprendiz llegara a su posición.

29 de junio de 2008

Hackmaster: La misión de los piratas mercantes

Bueno, este es un relato de mi última partida de rol de Hackmaster. He intentado que refleje fielmente las chorradas acaecidas en la partida, y bueno, pues eso, es largo.

13.05 Zulú. Krigen, pueblo sin problemas, hasta ahora.

Por la calle embarrada del pueblo caminaban tres imponentes figuras. Al frente del grupo, Alastor Selkalirë, mago elfo aventurero que aprendió hace tiempo en confiar en un arco y una espada además de en su magia. Es conocido en el pueblo y respetado por todos. Si él dice algo de lo que normalmente dudarías su veracidad, eso va a misa hasta que se demuestre lo contrario. A su derecha camina una enorme masa de músculos de 2,4 metros de altura protegida por una armadura de cuero tachonado. Se llama Muustrul, es semi-ogro berserker y su profesión es matar. Puede que no sea un lince, pero a las órdenes del astuto Alastor y sus indicaciones, es un enemigo realmente mortal. A la izquierda de Alastor, revoloteando a la altura de su cabeza se encuentra Críptico, el hada-duende. La gente del pueblo ha aprendido a pasar de él.
En estos momentos se dirigen a la taberna. La gente se aparta de su camino, y los más pobres e indefensos los miran con terror.

-Hola chicos, ¿que puedo serviros? – dijo Willie el tabernero.
-Ponnos algo de comer y unas cervezas Willie, pero tenemos un problemilla, – susurró Alastor a su oído – hasta que no encontremos una misión en condiciones no podremos pagarte… sabes que nos es casi imposible encontrar misiones por esta zona.
-Hmm… bueno chicos, está bien, por esta vez os fiaré, pero que no se enteré nadie. No puede correr la voz de que fío a los clientes. Hago esto porque eres tú.
-Muchas gracias Willie.

Se sentaron en una mesa. Alastor apoyado en la pared, siempre vigilando la puerta. Es lo que tiene sentir un odio irracional a los humanos, aunque trates de disimularlo, nunca puedes perder esas costumbres paranoicas. Muustrul se sentó en el suelo para no romper ningún taburete más y bebió su cerveza de un trago. Mientras Willie les servía unas fuentes con carne asada una misteriosa figura atravesó la puerta. Todas las miradas se centraron en dicha figura.
-¿Gorila? – murmuró Muustrul.
En efecto, se trataba de un gorila con sombrero y pantalones bombachos… eso descartaba definitivamente que se pudiera tratar de Donkey Kong. Alastor, curioso por la situación, se levantó e hizo un gesto al gorila para que fuera a sentarse y a compartir la comida con ellos. El gorila se acercó y agradeció profundamente el gesto, pero se negó a contestar a las preguntas de Alastor, ávido de información. Tras unos últimos desesperados intentos de obtener una respuesta, el gorila se disculpó y marchó, una vez consumidos los platos. Críptico voló hasta la puerta, dispuesto a seguir al gorila, pero este ya había desaparecido. Sin embargo, otra cosa llamó su atención, y aviso a Alastor de que debería contemplar aquello.
Salieron de la taberna, y contemplaron atónitos un barco volador situado sobre la plaza del pueblo flotando unos metros por encima de las casas. En la mente de Alastor no cabía el concepto de que un barco pudiese volar. En la mente de Muustrul no cabía el concepto de barco. Se dirigieron curiosos hacia la plaza, acompañados de una abrumadora multitud. Estuvieron contemplando un rato el maravilloso barco, y mientras Críptico vaciaba los bolsillos de los amables contribuyentes, un tendero informó a Alastor y Muustrul de que se trataba de los famosos piratas mercantes, que pasaban por el pueblo una vez al año para vender sus productos exóticos. Todo el mundo subía al barco a comprar algo, y la plaza estaba repleta de gente, desde familias humildes y campesinos, a ricos y poderosos comerciantes. En apenas una hora, la plaza estaba ya semidesierta y Críptico había recaudado un cuantioso botín. Procedieron a subir al barco, y allí conocieron a su capitán. Alastor hizo un gesto significativo a Muustrul como diciendo: “tu atrás, eres un asesino en potencia”. Alastor era un experto en el arte de fardar.

-Saludos, aventureros, soy Esopo, capitán de este barco.
-Encantado, caballero, yo soy Alastor, y estos son mis compañeros Muustrul y Críptico. Nos gustaría saber que clase de mercancía tiene aquí, y de paso saber si es posible que tenga alguna misión para nosotros.
-Oh, nosotros comerciamos con toda clase de productos y útiles, pero a unos aventureros como vosotros os interesarán más armas u objetos mágicos. Eso sí, están sin identificar.
-¿No es un poco arriesgado adquirir objetos que no sabes que hacen?
-Si, pero es mejor eso y que consigas un objeto realmente poderoso por un precio módico, si tienes esa suerte, a tener que adquirir dicho objeto por un valor desorbitado.
-Algo de razón tienes… y en cuanto a esa misión…
-Ah, si, ahora que lo mencionas, necesitamos que alguien vaya a recoger un producto.
-¿De qué se trata?
-Necesitamos… MUÉRDAGO! (chan chan chaaaan)… del BOSQUE PROHIBIDO! (chan chan chaaannn)… y necesitamos un saco… de 5 KILOS! (chan chan chaaaaannn).
-Hmmm… ¿vale? ¿Y que remuneración obtendremos por esta misión que nos has encomendado?
-Os pagaré en metálico, y además os daré este simpático sombrero pirata mágico.
Esopo mostró al grupo un sombrero no tan extravagante como el que él mismo llevaba puesto, pero que parecía destinado a llamar la atención.
-De acuerdo, trato hecho.

Abandonaron el barco y decidieron acercarse al molino del pueblo, dado que Alastor se dio cuenta de que ninguno tenían ni puta idea de cómo era el muérdago ni de cómo obtenerlo. Allí preguntaron a un campesino cuanto ganaba al año. Les contesto que eso era algo personal, pero se replanteó la respuesta cuando se fijo en que Muustrul crujía sus dedos mirándole por encima. Confesó ganar 2 monedas de oro al año, lo cual provocó el descojone automático de nuestros protagonistas en su cara. Le ofrecieron más dinero del que podría contar con las manos a cambio de que les acompañase a recoger y cargar con el muérdago. Lástima para el campesino que con las manos sólo se puede contar hasta diez, y que en el trato no se especificó la naturaleza de las monedas, el cobre sigue siendo moneda legal.

Tras esto se dirigieron con celeridad al Bosque Prohibido, rebautizado por las autoridades ecológicas como Bosque Verde. Sólo tenían hasta esa noche para entregar el pedido, pues el barco de Esopo zarparía a última hora de la noche. No habían avanzado ni cincuenta metros desde la linde del bosque cuando de repente se cruzó en medio de la senda un conejo blanco. El grupo se puso en alerta inmediatamente, porque últimamente corrían rumores sobre el peligroso conejo asesino de la Cueva de Aaargh, que llego a poner en jaque a los valientes caballeros de Arturo, Rey de los Bretones. Nuestros “héroes” no oyeron el final de la historia y cómo el conejo fue derrotado mediante la Santa Granada de Antioquia, así que se lanzaron al ataque contra el conejo antes de que pudiera reaccionar, y éste quedo partido en dos por la enorme hacha doble de Muustrul. Siguieron avanzando por el sendero del bosque, mientras el campesino iba parándose a recoger muérdago de las copas de algunos árboles, cuando de pronto, un zorro apareció en el camino. Nuestros amigos, realmente aficionados a las historias fantásticas, también habían oído hablar del Kyuubi, el gran zorro de nueve colas, believe it, y tal. Atacaron al zorro, que no dudó en defenderse, pero no le sirvió de nada y pronto formaba parte del sangriento inventario del equipo. Sin embargo, esta pelea y un casual alineamiento de los planetas y las estrellas provocó que tres manadas diferentes de zorros, sumando un total de diez zorros, se reunieran en el lugar (porque el master NO se había equivocado, contraviniendo los conocimientos básicos sobre la vida social de los zorros e incluso las reglas de Hackmaster, que establecen que aparecerán 4 zorros como máximo a la vez, repito, NO se equivocó y creó una manada de diez zorros, QUE VA.). Los zorros rápidamente rodearon al grupo y atacaron sin piedad ante la pérdida de su congénere. Muustrul intentó mantener alejados a los zorros, pero eran demasiados y muy rápidos, y acabo con 4 zorros mordiéndole en diferentes zonas. Alastor combatía otros dos, Críptico esquivaba con facilidad los ataques de otros tres y el pobre campesino forcejeaba con un único zorro. Mientras Muustrul contenía a todos los zorros que podía, el grupo concentró sus ataques en unos zorros concretos para abrir camino hacia una pequeña laguna que había en el claro cercano al lugar de combate. En cuanto el hueco quedó abierto Críptico revoloteó por encima del combate cobardemente mientras Alastor guiaba al campesino fuera de aquél infierno. Muustrul, que había entrado en Furia, seguía combatiendo desesperadamente contra la marea de zorros, que empezaron a atacarse mutuamente entre ellos disputándose a la víctima. Alastor mientras tanto había usado un hechizo para trepar a un árbol alto y disparar a los zorros desde allí con su arco. Los zorros fueron cayendo uno a uno. El combate había terminado sin graves pérdidas, pero Muustrul estaba gravemente herido y su armadura hecha pedazos. El campesino, cuando consiguió alejarse de la refriega, siguió recolectando muérdago para poder marcharse de allí lo antes posible, de forma que el saco ya estaba lleno. El grupo recogió todos los cadáveres de zorro para intentar vender las pieles posteriormente y regresaron al pueblo.

Allí se despidieron del campesino haciéndole entrega de su miserable paga y pusieron rumbo a la plaza. Subieron al barco y entablaron conversación con Esopo de nuevo.

-¡Dios mío! Estáis hechos polvo… pero al menos seguís vivos y veo que habéis llenado el saco con muérdago hasta los topes. – comentó asombrado el capitán Esopo.
-En efecto – respondió Alastor - no sabes por todo lo que hemos tenido que pasar para obtener este muérdago. Hemos luchado contra hordas de terribles enemigos, mira al pobre Muustrul, ¡está agotado! Por cierto, antes de cobrar la recompensa por la misión, ¿cuánto nos das por las pieles de estos zorros?
-Oh, ¿eso son zorros come-hombres? Dicen que son peligrosísimos, os habrá costado matarlos.
-Bah, fueron un paseo en comparación con lo que tuvimos que enfrentarnos más tarde. Muustrul se encargó sin problemas de todos ellos.
-¿De verdad? Es extraño, había oído hablar que los zorros come-hombres son mascotas habituales entre los ogros y semi-ogros.
-¡Gñ! Yo no saber de que estás hablando, en mi familia aborrecer bichejos raros.
-Vaya, debe ser que he viajado poco… sólo he estado en 8 continentes, pero bueno, volviendo al tema, os doy 1 de oro por las pieles.
-¿Qué? Ja, lo siento pero no, nuestras fuentes nos han informado que esto vale como mínimo 5 monedas de oro.
-Hm, está bien, aquí tenéis, y tomad, el sombrero mágico que os prometí por la misión. Ahora por favor, abandonad el barco, tenemos que despegar y partir hacia nuevos horizontes.

Y así es como nuestro grupo de “héroes” terminó su aventura, pero muchas más les esperan todavía, y a partir de ahora, un elegante sombrero pirata adornará la cabeza de Alastor.

14 de marzo de 2008

Crónicas de Anima : El trabajo

Con un movimiento elegante y coordinado, desmontó del caballo. La capa ondeó hasta volver a su posición normal. Dinin cogió las riendas de su caballo y lo ató a la verja. Mientras se acercaba a la puerta, se alegró al comprobar que Caín hacía lo propio. Con un movimiento similar al de su maestro, bajó de su montura, para atarla en la verja. Mientras ataba al caballo a la verja, Dinin se dirigía hacia la puerta de la casa. Unos metros antes de que llegara, la puerta se entre abrió. Una cara se asomó, con un candil en la mano. Su rostro denotaba preocupación. Llevaba unos ropajes elegantes y, a todas luces, caros, sin embargo, le iban exageradamente grandes.

-¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?

Dinin dejó pasar unos segundos de silencio, mientras el hombre esperaba una respuesta. Caín se mantenía tras él. Se levantó un poco de brisa que movió la capa y algunos mechones de su cara. Entonces, muy despacio, sacó de su mochila la carta que había mirado sólo unos instantes antes.

-¡Gracias al cielo! Por favor, entrad, entrad. Necesitamos de vuestros servicios cuanto antes. ¿Tenéis hambre? ¡Servidles comida! ¡Ya! – Al entrar, Dinin se quitó la capa, y Caín buscó sitio en el interior. Pudieron observar que todo el pueblo se encontraba en el palacio, que hacía las veces de ayuntamiento. Una muchacha de unos dieciséis años vestida con un elegante vestido rosa, jugaba y entretenía a los niños, mientras que las madres y los padres se encontraban dentro, con cara de visible preocupación. Todos se quedaron callados cuando aquella extraña pareja irrumpió en la habitación. Ésta se encontraban estaba elegantemente decorada. Elegantes cortinas de terciopelo y lámparas, adornaban la estancia, cuyo mobiliario consistía en varias mesas de madera, y numerosas sillas tapizadas. Un criado trajo dos platos que dejó en una mesa. Ambos se encontraban realmente hambrientos, y se sentaron y comenzaron a comer, conscientes de que toda la sala estaba mirándoles-. ¿Queréis vino? ¡Criado! ¡Trae vino!

Mientras cenaban, el criado llegó con una botella de vino, y les llenó sus copas de metal para retirarse después.

-Bien – dijo Dinin una vez terminó el plato. Cogió la copa de vino y preguntó- ¿Para qué creen que necesitan de nuestros servicios?

-Hace ya algún tiempo – empezó el alcalde, después de unos segundos para medir sus palabras-, uno de nuestros cazadores, Jeremy, se internó en el bosque y fue mordido por un lobo negro. Desde entonces nuestro pueblo ha sido víctima de asesinatos brutales, en los que las víctimas aparecían despedazadas, y algunas partes de su cuerpo no se han encontrado todavía- tragó saliva-. Incluso mi esposa... apareció... despedaza en un granero...- la niña que estaba cuidando de los niños se acercó al alcalde y le rodeó la cintura con los brazos-. Gracias hija, estoy bien. El caso – dijo, volviendo a mirar a Dinin-, es que Jeremy pronto se dio cuenta de qué le pasaba, pues amanecía desnudo y cubierto de sangre. Él mismo decidió encadenarse al viejo molino todas las noches. Y también nos transmitió su deseo de que termináramos con su tormento.

Dinin se terminó el vaso de un trago, y, tras dejarlo sobre la mesa, preguntó:

-¿Cuáles serían mis honorarios?

-Bueno...verá... confiábamos en que comprendiera nuestra situación y....

-¿Cuánto? – repitió, esta vez levantando la voz.

El alcalde suspiró.

-Quinientas monedas de oro.

-Bien. La mitad ahora y la otra mitad cuando acabe el tabajo.

-Tiene usted que hacerlo esta misma noche. ¡Hija!¡Trae el dinero! – la hija se levantó y salió veloz por la puerta. Al rato volvió con una bolsa de cuero de considerable tamaño. Se la tendió despectivamente y volvió con los niños. Dinin empezó a contar las monedas de oro, y cuando estaba guardándose la mitad, apareció por la puerta un hombre extremadamente grande, alto y corpulento. Lucía una barba negra y tenía grandes ojeras. Llevaba, además, una gran espada colgada del cinto, y era el único hombre armado de la sala, a excepción de Dinin.

-Más vale que le tratéis con respeto-dijo-. Era un gran hombre.

-Si es tan grande, no entiendo por qué hablas de él en pasado.

-Para nosotros es como su estuviera muerto. ¡Incluso él quiere morir! Pero le fallaron las fuerzas... ¡Era mi compañero! ¡Mi amigo, maldita sea!

-Podrías matarle tú, si de verdad dices ser su amigo.

Sus ojos miraban al suelo ahora, y sus hombros estaban caídos. Apretaba los puños con fuerza y su espada golpeaba contra sus rodillas, debido a que éstas empezaban a temblar ligeramente. En ese momento, Caín eructó. Todas las miradas de la sala se centraron en él, incluida la de Dinin. El hombre levantó la cabeza furioso y en pocos pasos se plantó delante de Caín, que se levantó. A pesar de ello, el hombre seguía sacándole más de una cabeza, y tenía la mano aferrada con tanta fuerza a la empuñadura de su espada que sus nudillos se habían tornado blancos. Dinin se movió hasta quedarse plantado enfrente de los dos. Tiró del hilo que mantenía cerrado el estuche de su espalda, y lo retiró, pasándolo lentamente frente a su cara. El estuche se abrió, y apareció el elegante mango de una katana. Era negra, y simulaba ser una cola de serpiente. Los espacios entre las escamas, estaban bañadas en oro. En ese momento, el hombre pareció calmarse, se sentó y empezó a jugar con los cubiertos, aunque su expresión denotaba que continuaba enfadado.

Dinin tenía que darle la razón a aquél hombre. Caín había sido muy irrespetuoso, y él sabía lo que era perder a un compañero en el ejercicio de una profesión peligrosa. La katana que acababa de desempaquetar se lo recordaba todos los días. Tendría que darle una lección de modales a su discípulo. Se levantó, se puso la capa y abrió la puerta.

-Volveré esta noche para recibir mis otras doscientas cincuenta monedas- dicho esto, Caín, que ya se había levantado, y él, se adentraron en la oscuridad para hacer lo que mejor sabían hacer: matar monstruos.

11 de marzo de 2008

Crónicas de Anima : Desesperación

Una desvencijada figura descendía por unas escaleras de piedra, débilmente iluminadas por el candil que llevaba en la mano. Sus ojos estaban hundidos, rodeados por unas profundas ojeras, que dejaban huella de una racha llena de preocupaciones y malas noticias. Sus ropas, aunque elegantes, le iban excesivamente holgadas, fruto de que su dueño poseía, en el momento de adquirirlas, más corpulencia de la que ahora presentaba. Se detuvo a respirar, y a meditar qué podía decir a toda la gente que se encontraba ahora refugiada en su casa. “Maldito ser asqueroso”, pensó. Todo iba bien hasta que ese maldito tuvo que adentrarse en el bosque. “Estimados ciudadanos…No, demasiado alegre…” Era incapaz de pensar con claridad. Se había visto obligado a tener que acoger a todo el pueblo al que gobernaba por la amenaza que todos sufrían en estos momentos. Y sobre todo porque no podía dejar de pensar en ella… Se apoyo en el marco de la ventana, para ver el pueblo que estaba condenado. Su pueblo. Fue entonces cuando divisó dos figuras a caballo. Podría significar el final de sus problemas. La respuesta a sus ruegos. O la llegada de más problemas. Bajó más rápidamente al salón de la planta principal, una elegante estancia poblada con exquisitos muebles, tapizados sillones, cortinas de magnífica tela, lámparas de cristal… y todos los aldeanos. Los hombres y las mujeres intentaban consolarse unos a otros. Alguno no podía contener sus lágrimas por la preocupación y el terror. Los niños oían una historia que les relataba la preciosa niña de 16 años que era su hija. Se parecía tanto a su madre… Tuvo que hacer grandes esfuerzos para no empezar a llorar en ese momento. Cuando se percataron de su presencia, todas las miradas de la sala se giraron hacia él.

-Hay alguien ahí afuera –dijo.

Todas las personas allí presentes contuvieron la respiración. El alcalde, candil en mano, se encaminó hacia la puerta, dispuesto a jugarse el todo por el todo.

10 de marzo de 2008

Crónicas de Anima : La vida del cazador

Bueno, a petición de tortuguita, voy a colgar una novelación que estoy haciendo de unas partidas de rol que estoy jugando, del juego de rol Anima. Cualquier tipo de comentario, crítica (constructiva) y amenaza hacia mi persona, será bien recibida ^^. Bueno, aquí está un cacho del comienzo.

Era ya de noche, y, pese a que había luna llena en lo alto del cielo, aquél lugar estaba muy poco iluminado. Dos figuras oscuras y solitarias avanzaban en silencio, encima de sus monturas. El primer jinete cabalgaba con el cuerpo ligeramente encorvado y la cabeza gacha, aunque con la tranquilidad que dan los años de experiencia, aunque sin bajar la guardia. Iba ataviado con una larga capa de cuero negra, vieja y desgastada, a causa de la cantidad de viajes que había presenciado. La cara hubiera sido difícilmente identificable aunque en el cielo brillara el sol más radiante. Un sombrero de ala ancha coronaba su testa, y cubría buena parte de su faz. Un largo pañuelo negro con adornos blancos abrigaba de la nariz hasta la garganta. Además, del sombrero caían mechones de pelo canoso, que se mecían con el viento frío de la estación en la que se encontraba. Pese a todo, su cara distaba de pasar desapercibida, ya que estaba poblada por varias cicatrices, además de un parche que le cubría un ojo. A su espalda se podía ver un paquete de tela, un estuche que se abría al retirar un hilo de cuero que lo recorría en toda su extensión. El resto de su atuendo constaba de ropajes sucios, a excepción de un par de grandes botas de cuero. Recorriendo su pecho y piernas había cartucheras con paquetes de virotes, especiales para la ballesta de repetición que llevaba atada a su pierna derecha. De la otra pierna colgaba un artefacto que muy pocas personas en todo el mundo hubieran sido capaces de identificar. Se trataba de un aparato con una tecnología al alcance de muy pocos. Constaba de un cañón de metal, acabado en un ensanchamiento de madera, a fin de que se apoyara en el brazo. La parte de arriba poseía un catalejo, y la cruz que servía para apuntar consistía de un crucifijo acabado en plata. Los ingenieros le denominaron arcabuz, y no era un arma muy común, aunque era cierto que se trataba de una de las armas a distancia más eficaces que se conocían.

El segundo jinete iba tras él, visiblemente más preocupado y nervioso. Viajaba sin ningún tipo de equipaje, a excepción de sus ropas, sencillas túnicas colocadas de forma que ocultaran de la mejor forma posible sus rasgos orientales. Su cabeza se encontraba completamente pelada, ya que él mismo consideraba que era lo más útil para el oficio que estaba empezando a aprender.

Avanzaban por un camino perfectamente cuidado, que se encontraba entre dos campos, cuya vegetación se mecía suavemente de un lado a otro por la acción de la helada brisa. A la vuelta de un recodo pudieron vislumbrar el pueblo al que se dirigían. El primer jinete se detuvo un instante para sacar la carta que lo había mandado para acá. Más le valía que el trabajo, y sobre todo el pago, merecieran la pena. Llevaba demasiado tiempo pasando hambre. El pueblo se trataba del típico pueblo pequeño, al estilo de la época. Se trataba de un pequeño palacio, alrededor del cual estaban construidas pequeñas y humildes cabañas. Al poco rato cruzaron un puente cubierto. El segundo jinete no aguantó más y azuzó a su caballo para situarse a la altura del primero.

-Esto me da mala espina, Dinin – dijo-. Algo no va bien.

-Si requieren nuestros servicios, seguro que algo no va bien ¿No crees? – Dinin levantó la cabeza para observar el pueblo con más detenimiento-. Observa –dijo, señalando con la cabeza a las chimeneas-, sale humo, aunque poco. O están acostados, o han huido o han muerto. Aunque lo dudo, teniendo en cuenta la luz que sale del palacio. De todos modos tenemos que dirigirnos allí, Caín.